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Albañil indecente

Calor del orto, ese verano hacían unas temperaturas que rajaban la tierra. La obra iba bien, mi viejo al fin había dado con el albañil que parecía hacía bien su trabajo, cosa que un tiempo después yo iba a confirmar también en otros aspectos.
Héctor trabajaba solo, si bien eso hacía que la ampliación de la casa fuera más lenta de lo que hubiésemos querido teníamos la certeza de que el trabajo estaba bien hecho, mi viejo confiaba en él y muchas veces  lo dejaba trabajando sólo hasta que yo llegara por la tarde e hiciera el rol del patrón, o eso me gustaba pensar a mí en mi cabeza retorcida por todo lo que iba a acontecer. Era un hombre humilde, fornido, del interior, con esa piel curtida y tez trigueña que parecía tener un bronceado natural todo el año, brazos fuertes y algo lastimados por su esfuerzo en ese oficio tan rudimentario y exacto a la vez. A veces llegaba temprano y almorzábamos juntos, después de estar un mes por casa ya era alguien de confianza, aparte de ser alguien respetuoso y ubicado era de esas personas con cero maldad y que te das cuenta que son 100% transparentes. Y como siempre, esa inocencia me ponía a mil.
Con sus apenas 35 años era una persona que parecía que había vivido muchas cosas, varias charlas productivas de la vida y de tantas otras cosas salieron de esos almuerzos, tan bien la pasaba que empecé a acomodar mis horarios para estar siempre a la hora de comer.
Un día haciendo un poco de sobremesa en el patio, Héctor abrió las piernas y un agujero en el pantalón en ESA zona dejó algo al descubierto que jamás le había prestado atención.

No llevaba calzoncillos, y su sexo quedaba expuesto por esa pequeña rendija en la tela. Debía admitir que durante el tiempo que estuvo en esa posición, más de 15 minutos, me costaba no centrar mi atención en ello. Sin darse cuenta ponía carne cerca de las fauces de un lobo hambriento, involuntariamente parecía una invitación a conocer un poco más de él, y que iba más allá de esas charlas interesantes, más que palabras. Terminamos de hablar y se puso a trabajar, ni se percató del “incidente” o bien lo hizo y no le importo, total, estábamos entre “machos”.
Tiempo después de lo ocurrido y con la obra más avanzada ya había construido el baño, con el permiso de mi viejo fue lo primero que terminó con azulejos y todo para poder bañarse según le había comentado a mi papá prefería irse a su casa limpio y de paso ir verificando las instalaciones. Una vez entré y pensé que se había ido, no escuche nada y me volé pensando y mirando esos pocos metros cuadrados, para mi sorpresa Héctor de repente sale del baño, totalmente en pelotas. Como si nada me saluda y se seca tranquilamente, yo entre nervios y calentura contenida no sabía para que lado mirar, ahora mi sospecha estaba confirmada, Héctor tenía una terrible tararira. En bolas y haciendo chistes se seguía secando, se sacaba con un tiempo relajado, más de lo normal diría, me parecía que todo se estaba volviendo un tanto más familiar de repente. Aunque nos hiciéramos los boludos los dos no estudiábamos, a ver quién daba el primer paso, ¿El empleado o el empleador? Obviamente no hice nada, y él pareció quedar un poco sorprendido. Pero esto recién empezaba.
Al otro día sin darse cuenta escuché que hablaba por teléfono.
–  No, si el hijo del jefe me parece que es medio putito, y encima es un pendejo, ya sabes cómo puede terminar esto. Igual ayer por lo que te conté parece que viene tranqui la cosa, sé que no es boludo pero tampoco se mandó. Acá me queda para dos meses más, asi que falta… jajaja.

Ese “jajaja” me dejó todo más que claro, ahora sabía bien como actuar, y Hectorcito no se me iba a escapar.
Repetí la rutina al día siguiente, antes llamé a mis viejos para confirmar que iban a llegar tarde y esperé hasta las 5 o 6 de la tarde. Ya tenía calado más o menos a qué hora se iba a su casa el no tan inocente albañil así que volví a entrar en silencio. Efectivamente se estaba bañando, sólo que ahora el putito se mandó adentro del baño. La ducha que no tenía cortina aún me brindó una de las mejores perspectivas de Héctor, un culo firme, espalda ancha, un tatuaje en la pantorilla y cuando se dio vuelta para verme, con el agua recorriendo su torso cerró la ducha y me quedó mirando. Me acerqué sin decir nada, tenía su cara a unos pocos centímetros. Levantó una ceja y me dijo:
– Dale, sabes que querés. Bajá tranquilo que no pasa nada pibe.

Ese tono tan vulgar y cómplice devolvió en mi una respuesta eréctil inmediata, no daba más. Y él tampoco, hace dos meses que sabíamos que nos teníamos hambre uno del otro.
Empecé lamiendo su pecho, tenía unos hermosos pectorales, no trabajados por el gimnasio ni nada, puro esfuerzo y vigor del trabajo. Casi podía oler toda su hombría invadiéndome, me arrodillé y lo hice mío, si en algo me favorecía toda esa revolución de hormonas era que mi lengua era el mejor cincel para su estaca de madera. Me agarró la cabeza con sus manos grandes y me hizo mirarlo, aún con mi boca llena de su sexo y su mirada clavada en la mía hizo que me levante y me sacó la remera, me agarraba de atrás y me apoyaba toda su anatomía contra mi espalda. Las pocas gotas de agua que quedaban sobre  su cuerpo se empezaban a evaporar. Me bajé los pantalones y empezamos a danzar al ritmo de la lujuria, sentía como su carne y mi carne encastraban casi a la perfección. Yo me aguantaba las ganas de gemir y él las ganas de gritar. Enceguecido de placer lamía de los azulejos la poca agua que se había condensado.
De repente me saca el arma con la que me tenía contra la pared y me pide que me dé vuelta, me sube al lavatorio y empezamos de nuevo la secuencia anterior, ahora de frente, me quería ver la cara y besarme o morderme cuanto quisiera. Y ahí estaba yo, entregadísimo a aquél trigueño que me arrullaba en esos brazos potentes y le entregaba lo mejor de mí.
Terminamos en un compás eufórico, aún dentro mío y con su cabeza reposando en mi hombro se alejó un poco y se terminó de vestir. Yo hice lo mismo y me fui sin decir una palabra, no quería romper ese ambiente tan perfecto y erótico que se había creado. Al otro día lo escuché hablando por celular de nuevo. Y aunque no parezca no me sorprendí por lo que escuché.
– Te dije que no iba a tardar mucho, con el pendejo estuvimos bombeando un rato largo. Le hice el revoque fino por dentro y quedamos todos felices. Tiene buen culo y aguantador, parece que esta vez la pegué. Vamos a ver si se termina la construcción ahora jajaja…

Esos “jajaja” y esa charla tan soez con no sé quién me dan rabia pero me calentaban más al mismo tiempo. Tenía razón, era un putito, un cerdo que disfrutaba de comerme esa buena verga recta y cabezona. Era una simbiosis sexual perfecta, yo le daba trabajo y él me cogía, no podía haberlo planeado mejor. Y para ese entonces para un pendejo de 17 años, ¿Qué más podía pedir?. Lo único que deseaba era que la obra fuera a un paso más lento, y así yo poder disfrutar de aquél treintón lo más que pudiera, nada más.

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  1. 22/10/2011 en 2:00 PM

    ¡Espectacular!!! Te felicito porque tenés buena pluma para el relato. Muy bueno estuvo. Tanto que mas adelante te voy a pedir permiso para utilizarlo de ejemplo para una sección en mi blog, enlazándote por supuesto.

    Me intriga saber si las cosas que contás realmente te pasaron o si solo son relatos elaborados o ambas cosa.

    Un abrazo

    • 22/10/2011 en 7:26 PM

      Ambas cosas, dejo la libertad al lector de que elija cuán cierto quiere que sea todo. Todos los relatos son verdad y mentira. Gracias por pasarte! Tu blog está genial también!

  2. Patricio
    11/06/2012 en 12:45 AM

    Grandioso relato. Felicitaciones!!!

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