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Trajes y alcohol. ¿Qué puede salir mal?

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Los dos sabíamos que no era época de paga, pero aún así obtuve mi aguinaldo.

La fiesta de fin de año de la empresa siempre es un embole, la razón por la que va el 90% de las personas te diría que es la comida gratis y tener algo para criticar el lunes, después, la nada misma.
Ese sábado hacía demasiado calor, el verano se anticipaba y como es moneda corriente el viento soplaba sin parar. Llegamos en remis con mi amiga y dimos paso a una noche de gala (o eso intenté). Nos tocó una mesa en el medio, cómoda, con nuestra propia moza y demás paqueterías, pero lo mejor vino cuando el lugar se empezó a llenar. Sin darnos cuenta empezó a avanzar la hora, la cena había pasado y el momento de la fiesta se acercaba.
A una mesa de distancia había un pelado, que para que mentir, rajaba la tierra. Esa pinta de jodón, risa entradora, de traje, culaso. Combo completo. La fiesta entraba en tono y todos se empezaban a empedar, yo como siempre, un poco abstraído de los gustos musicales que predominan estaba sentado tomando un gancia bien batido. Para mi sorpresa el pelado vino a sentarse en su mesa quedando sólo y desprotegido frente a las garras de quién les habla, la verdad que no tenía ni putas ganas de interactuar con nadie, y aparte destilaba heterosexualidad, pero todos sabemos lo que el alcohol puede hacer a las 4am dónde nadie se conoce; porque si algo estaba bien establecido es que una vez al año veías caras que jamás en la vida te cruzás en la oficina. Entre tanto mirar vi que sacó un pucho y se fue a fumar afuera, sin nada que perder me fui atrás y como quién no quiere la cosa me fui acercando a su pose de macho con un pie contra la pared.
Le pregunté hace cuánto que trabajaba en la empresa, cómo se llamaba y otras boludeces que no recuerdo por mirar esos pelos que se le salían del pecho a través de esa camisa lila que portaba con tanta elegancia. Creo haber escuchado Martín, y lo único que sabía era que era cordobés, esa tonada tenía algo que era imposible de resistir. Resultó ser que se embolaba en estas fiestas y venía casi obligado por la novia, estaban peleados pero ya habían asumido el compromiso y ahí estaban, aparentando. La verdad que el flaco se ve que necesitaba hablar, y yo la verdad le presté mi oído (entre otras cosas) porque se lo veía aparte de buena persona, alguien que no sabía mucho que hacer con su vida. Y si hay alguien experto en ese tema, ese era yo. No me la iba a dar de gurú pero sí podíamos intercambiar buenas ideas (o fluidos esperaba yo con suerte).

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El lugar era grande, era el predio ferial de la ciudad y si hacías unos pasos más estabas casi en un descampado dónde la nada misma te abrazaba. Ahí fuimos, él, ya mas distendido quería fumarse un porro, y yo no iba a privarlo de nada que lo relaje más, que lo distienda y lo vaya amansando para el fin al cuál había ido. Nos empezamos a cagar de risa y le pintó lo místico-romántico, me habló de estrellas, antepasados y demás yerbas y… en un silencio breve, recostados en el suelo y detrás de unas cuantas matas que nos alejaban del predio nos encontramos cara a cara, en el silencio de la noche, en la oscuridad. No hizo falta decir nada, con sólo olernos podíamos ver que los dos pensábamos lo mismo. Esa confianza había llegado a dónde yo quería.
Los sacos no tardaron mucho en desabrocharse, los pantalones prácticamente se evaporaron entre tanta calentura y él con tanta pasión acumulada hizo de esa noche la mejor de las veladas empresariales. Nos acariciábamos con ternura y violencia. Él, bastante naiff en el tema intentaba dar lo mejor, pero se percibía que no jugaba de local. Igualmente creo que toda eso le jugó a favor, en cierto punto fue como una primera vez, por momentos se sentía así. Sus piernas trabajadas y cuadríceps anchos hacían de mí una pobre víctima de su sexo, de su descargo emocional y físico. Me abrazaba y no paraba un segundo, yo me sentía aprisionado, violentado, me gustaba, me ponía más al palo y lo sabía. Podría no tener experiencia en el rubro, pero si era un buen cazador sabía bien como tratar a cualquier presa.
Su pasión encendía cada vez más la mía y casi en un sinfín de gemidos y hasta tiradas de pelos involuntarias nos entregamos a los mas bajos instintos. Y como una chispa o una estrella fugaz, todo se extinguió con nuestras espaldas arqueadas y llenos uno del otro.

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Cuando todo terminó me sonrío tiernamente y terminó de fumarse el porro, le sonó el celular y tuvo que atender. Era la novia que lo andaba rastreando, le cambió la cara, se volvió a apagar. Lo miré y no le dije nada, aunque tenía todo para decirle. Nos subimos los pantalones y volvimos en silencio. Antes de entrar me agarró la mano y me dijo “gracias”. Yo le dije “de nada, tenés que ser feliz”. Y entramos como dos desconocidos, y en cierto punto lo éramos, aunque esa noche y creo que varios días más tarde ambos dejamos una huella que será difícil de borrar.
Esas conexiones que no sabés porqué, pero pegan fuerte, chocan y se van.

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  1. 15/01/2013 en 1:58 PM

    Muy bueno…
    Extrañaba tu cuentitos íntimos, y tu forma particular de relatarlos. Si yo fuera editor, te publicaría hoy mismo.

    Bueno, por otro lado, a ver pendejo cuando sentás cabeza, porque eso de andar de cuerpo en cuerpo podrá ser divertido y excitante, etc, etc, pero no se puede andar toda la vida así jejeje.

    Te doy un fuerte abrazo… ups! perdón, eso duro que sentiste en tu abdomen es… y bue… siempre que leo tus relatos termino con la pija dura jejeje.

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