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Juan, la deuda saldada

Las vueltas de la vida quisieron que me lo garche

Mi vida social nocturna no tiene mucho vigor en estos últimos años, bah, nunca fuí la personificación de la joda tampoco, pero sí es verdad que a una edad temprana de 16 años ya estaba pisando los boliches de noche, quizás sea por eso que me aburrí rápido (sacando que siempre eran las mismas caras y canciones). Por esos tiempos, casi ya 10 años, uno siempre ve a esos carilindos que nunca faltan y que son los populares del boliche. Nunca anhelé la popularidad pero sí me quedaba algo pasmado ante la gente linda, cosa que me sigue pasando pero en menor grado.
Juan era uno de ellos, si bien no era algo habitual verlo porque era un poco mayor que yo en ese momento (sólo 3 años, pero a una edad prematura él podía pisar boliches que yo no) y era el fachero que todas las minas se daban vuelta cuando pasaba. Rubio, ojos celestes, barba candado, flaco alto (sin forma para mi gusto, ya saben, a mí dame de dónde agarrarme), en fin, ese alguien que te llama la atención de la entrepierna.  Era modelo de unas marcas locales que se presentaban cada tanto esos viernes o sábados por la noche en la que nos juntábamos para ir a bailar con mis compañeros de la secundaria.

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Como supondrán Juan era objeto de fantasías, esas incipientes ilusiones homoeróticas que fueron metabolizadas, algunas cumplidas, otras imaginadas pero que sin dudas dieron paso a lo que hoy tiene forma en este blog.
Este 2014 me tomó por sorpresa cuando, como nunca o mejor dicho como cuando se me viene la revolución hormonal, abro lo que denomino el “chat gatero” de mi ciudad y me sumerjo en la búsqueda de algo; hago contacto con un pibe muy copado. Me hacía reír, era piola y a las 3am quería que le muestre algo por cam. Obvio que no accedí porque mi putez tiene un límite jaja (aunque no parezca), y aparte veo medio al pedo todo eso del cybersexo. Nos pasamos los números, me siguió escribiendo por whatsapp, tenía una foto sonriente y gafas que no dejaban ver mucho pero a la vista era agradable, en especial esa barba. Quedamos en vernos (ver=coger) al otro día.  Por suerte a mí los rush de sexo salvaje me duran muy poco, y al otro día ni me acordé o mejor dicho no me importó mucho el arreglo que habíamos hecho. Sumado a eso, recién cambiaba de celular y el chip que tenía se había cagado asi que estuve todo ese día aislado tecnológicamente hablando. Cuando llego a la noche y le pongo el otro chip tenía un par de llamadas perdidas y unos mensajes casi suplicando y preguntando si nos veíamos, era tarde y como siempre, dudé. Como nunca iba a salir ese día a la noche con unos amigos y no tenía ganas de andar de acá para allá, pero bueno, como puta fina que soy le dije que me venga a buscar. Obvio que accedió, me dijo que se bañaba y salía, vive cerca asi que en 20 minutos estaba arriba de su auto. Pasamos por un kiosko, me pregunto si quería algo y le dije que un helado (muy boludo el capricho ahora que lo pienso, pero en fin…), de ahí fuimos a su casa y empezamos a hablar. No me terminé el helado asi que lo guardé en la heladera… Ahí empieza todo.

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Me invitó a su habitación muy sutilmente, que al ser un departamento chico con unos pocos pasos bastó para estar acostados. Él boca arriba y yo boca abajo, separados, hablando. Para mí sorpresa él no encaraba, no sé si por timidez, no estaba acostumbrado o cuál era el motivo pero la verdad que se iban acabando los temas de conversación. Su laburo, mi estudio, su familia, mis andanzas, sus vacaciones, etc. Hasta que dije bueno, “vení, demasiada charla”…
Su cuarto perfumado a flores se llenó de sexo, besos calientes, manos ágiles, cuerpos tocándose. Hacía calor, enero 2014 pleno verano, pero la verdad que dejamos a la temperatura ambiente humillada con la fricción de nuestra piel. Teníamos buena química, él me alababa mi parte trasera de una forma algo soez diciendo “que buen culo que tenés…” y yo mitad riendo y mitad gozando asentía con la cabeza y lo miraba de reojo. Me agarraba del pelo y casi que sentía como quería castigarme, sus manos grandes me tapaban la boca de vez en cuando y a mi me encantaba. No tardamos mucho en dar fin a esa pasión, pero parecieron siglos. Terminamos exhaustos.

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Él se paró y pude ver bien en todo su esplendor su culo, era casi una obra de arte. Redondo, parado, simétrico. Quería tener una segunda ronda, pero tenía que irme y ya no había demasiada energía.
Trajo lo que quedaba de helado y en mi cabeza estalló una bomba de endorfinas, sí. Era él. ¿Cómo no me había dado cuenta?. Cuando lo vi bien de frente parado caminando hacia mí, como muchas veces lo vi en la pasarela, sólo que esta vez estaba desnudo y no tenía que imaginármelo caí en la cuenta que sí, había cogido con Juan. Ese andar reactivó todo en fracción de segundos.
Había que reconocer que al menos 7-8 años de no verlo me jugaron una mala pasada a la memoria, y a eso sumarle que estaba cambiado. Bien dicen que el tiempo pasa para todos, pero en él sin dudas para mi lo mejoraron, tanto que casi ni quedaban rastros de ese flaquito fachero que modelaba y todavía estaba sumergido en la pavada. El Juan de ahora era más adulto, estaba más rellenito sí, cosa que dejo entrever que no le gustaba, pero a mí esa pancita y esa cara me parecían la mejor versión de él.
Yo en silencio seguía teniendo esa mezcla de sorpresa, felicidad y asombro. Esas putas casualidades.
Terminamos el helado, nos cambiamos y me llevó al boliche. Y así fue como un 4 de enero del 2014 no era yo el que había cogido, si no aquel puberto que miraba a ese rubio desfilar anhelando que algún día fuera suyo.

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