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Revancha

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Pablo siempre estaba disponible.

Es de amplio conocimiento de quién haya leído uno o más post de mi blog que nunca me puedo quedar con la sangre en el ojo (o en otra parte del cuerpo) y es así como continuó la historia de El merquero, el versátil y yo

Ya estaba por oscurecer y quedaba poco tiempo para pescar algo con la cuenta gatuna de msn (MSN!!! que antigüedad hoy en el 2015), así que sin dudas entré y me fijé quién estaba. Nadie conocido, así que me mandé y le hablé a un tal Pablo. Hace rato lo tenía agregado y nunca habíamos hablado bien del todo. El chabón estaba terminando la secundaria, con lo cuál era medio pavo pero dentro de todo bastante potable. Entablamos una charla que rápidamente termino en medidas y preferencia de roles; no esperaba menos. Para mi fortuna vivía medianamente cerca de donde estaba, lo cual se traduce que en 15 minutos podíamos efectivizar todo lo que se venía hablando. La verdad es que nunca me interesó mucho la gente más chica o igual que yo en edad, pero como dice mi vieja “macho caliente no razona”. Asi que ese era el día de suerte para Pablo, y para mí porque no. Tantas charlas de histeriqueo con idas y venidas iban a decantar en algo. Le indiqué donde tenía que venir y esperé a que llegara. Para mi sorpresa era más de lo que se había descripto en las charlas del chat. Medía lo mismo que yo, 1,80 pero una contextura distinta. Flaco (un poco mucho para mi gusto, pero armónico), algo atlético, pelo corto, risa compradora, ropa algo ajustada (sin dudas era un pendejo que provocaba ya desde la imagen) y manos finas. Manos que supieron hacer muy bien su trabajo minutos después.
Mi enojo por el trío fallido ya se había diluido y estaba listo para la nueva tarea. Disfrutar de Pablo. Subimos las escaleras, le pedí que se ponga cómodo, con su actitud tranquila y casi sin darnos cuenta me puse en rol de dar órdenes. Sacáte la campera, ponéte cómodo, vení y tomá un vaso de agua. No pregunté nada, yo decía y el acataba. Inconscientemente eso me calentó, no vamos a mentir, sin querer empecé a incursionar en un rol que me era un poco ajeno y que hoy en día ya es una opción más en el abanico de roles que puedo interpretar, pero volvamos a Pablo. Después de una mini charla, los dos estábamos ahí para todo menos para una conversación. Al menos no una hablada, una charla de cuerpos, queríamos diálogo carnal estaba claro. Le dije que me esperara ahí y cual perro labrador obediente asintió con la cabeza sin emitir sonido y se quedó. Yo me fui al baño, no sé porque pero cuando me vi al espejo vi a otro yo renaciendo, un nuevo carácter en mí se había despertado. Ya había dado chispazos en encuentros anteriores pero no con esta magnitud, quizás porque la personalidad de las otras personas no era tan pasiva como la de Pablo, o quizás porque yo tuve que recorrer un largo camino para reencontrarme con esa faceta y poder explotarla. Me miré al espejo, me lavé la cara, me cepillé los dientes no sé muy bien porqué, me saqué todo y quedé solo en calzoncillos. Ya la tenía dura, estaba caliente con Pablo y algo con mi nuevo yo (narcicismo here we go). Salí del baño y caminé con pasos firmes, Pablo seguía ahí, quieto, esperando lo que iba a venir. Me miró con algo de sorpresa, pero antes de emitir alguna palabra le agarré la cabeza y le ordené lo que quería. Le llené la boca de mi sexo, casi ahogándolo por minutos. Cada tanto le levantaba la cabeza y lo hacía que me mire, que sepa bien a quien se la estaba chupando. Lo dejaba respirar un poco y seguía. Se quería desvestir, pero no lo dejaba. Se iba a sacar la ropa cuando yo quisiera, cuando yo lo dejara. Le corría las manos o se las agarraba. El no oponía resistencia alguna, y si oponía mi fuerza era mayor a la de él.

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Cuando lo creí necesario le saqué yo la remera, algo violento, como si me molestara ese pedazo de tela cubriendo su torso. Su piel era suave, fresca. Sin dudas era un pendejo con pocos kilómetros, y eso encendía más a este nuevo yo que había despertado. Lo puse de espaldas y le apoyé las manos en la mesa, le dije que no se moviera y ejecutó la orden a la perfección. Me agaché y le mordía un poco la espalda mientras lo hacía, le desajusté el cinto muy suave, le desabroché el pantalón de corderoy ajustado que tenía y saqué todo de una. Pantalón y bóxer. Yo seguía en bóxer y al palo. En un momento atinó a darse vuelta y volví a ponerlo en su lugar, ya no se trataba de una orden, era una obligación quedarse donde le decía. “Quedáte así!” le dije con tono algo serio y firme, esbozó una pequeña mueca y no hizo más nada que yo no le marcara. Lo franeleé un rato, lo manosée, le apoyé todo aún con mi calzoncillo puesto, metí dedos y manos por donde quise a gusto y antojo. De repente lo cosifiqué, era un maniquí y yo el vendedor que lo acomodaba como quería en la vidriera. Cuando lo creí oportuno le hice que agarrara con sus manos, aún de espaldas, mi bóxer y me lo bajara. Eso hacía que su cuerpo se contorneara y se pegara más al mío, cuando mi ropa interior tocó el suelo me despojé totalmente de ella y lo hice mío. Puse mis manos en sus hombros, le abrí un poco las piernas y nos entregamos el uno al otro. Algunos de sus gemidos eran de dolor pero a su vez eran el combustible para que esa máquina de sexo que habíamos creado entre los dos no se detuviera.

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Lo di vuelta y lo subí a la mesa, totalmente entregado y con algunas risas suaves dejaba entrever que le encantaba, y yo estaba totalmente eufórico. No hizo falta que pida nada, lo complací en todo lo que él se podría haber imaginado.
Cuando terminamos lo ayudé a vestirse y le daba besos por cada prenda que se ponía, el sin decir nada se reía. Cuando se vistió totalmente nos besamos un rato en el sillón, yo en bolas y el vestido encima mío. Hablamos un rato y recorría suavemente sus dedos por mi cuerpo mientras manteníamos una charla, creaba caminos y senderos por mi piel y los repetía como para dejar una huella. La noche ya había llegado, y las luces de calle tiznaban de naranja todo el panorama. Lo quise acompañar en su partida pero me dijo que no hacía falta, que conocía la salida. Me gustó que tuviera esa iniciativa, a pesar de ser un pendejo mostraba algo de independencia, y eso estaba bueno. Quizás nos volvamos a ver.

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